Pequeño flirt en el supermercado

Paleta de carne

Escribano
He de admitir que no me agrada mucho estar en el supermercado cuando éste se encuentra medianamente lleno. Desde hace un par de meses, cuando tengo que ir a por víveres, espero hasta los días lunes, cuando todo mundo se encuentra en sus casas, agobiados como para salir; por lo menos, evito la suficiente cantidad de gente. Admito también que esto no me resulta sencillo últimamente, pues hace un par de semanas, he tenido que cumplir en la oficina horas extras para apoyar a mi compañero Román, quien se incapacitó por ‘fracturas múltiples’.

La parte que me cuesta olvidar todos estos lunes de camino al supermercado, es que, a mi estimado Román, no se le había fracturado una pierna y un brazo, no… al pobre hombre le había ocurrido una rotura en su miembro viril. Al principio me causó gracia y curiosidad, inclusive llegué a esperar con ansias su regreso para conocer la historia completa. Cabe aclarar, yo me considero a día de hoy una persona reservada con los secretos de los demás, no se me ha pasado por la cabeza decir absolutamente nada a las víboras en la oficina cuando pude ver su certificado de incapacidad; ¡pero qué demonios!, ¿cómo había logrado una fractura como esa? ¿Tan fuerte era él mismo o su esposa durante el acto? Debía de conseguir poder hablar con alguien al respecto.

—¡Hey! —escucho a una mujer justo detrás de mí, en la entrada del supermercado. Aparto la vista del carrito de compras, y quien habla es ‘ella’. Aunque no estoy seguro si aquel saludo es dirigido para mí.

Ella pasa a mi costado, toma un canasto y me mira una vez más, de pronto suelta una pequeña risa mientras asiente una sola vez, como si intentara saludarme con aquella expresión que poco o nada yo había utilizado. Ella es así, supongo; hasta éste momento sé que, cualquier expresión que utiliza le es tan natural, que a ella misma le resultaría difícil darse cuenta de esto.

Decir que le he visto en el supermercado desde hace ‘un par de veces’ no parece ser la manera correcta de expresarlo. Pienso a veces que, inclusive antes de llegarle a poner atención mientras hacemos las compras, ya habíamos tenido contacto de alguna manera en quizá otra parte; puedo no estar en lo correcto con esto último, siendo que me es sencillísimo reconocerle entre los pocos clientes que se animan a venir tan tarde y en un día tan inusual. Es difícil darte cuenta cuando es que le empiezas a dar importancia a una persona, el simple hecho de voltear a ver primero a la zona de cajas registradoras, en busca de aquella mujer, pensando si de nuevo coincidiremos, por lo menos un par de segundos.

Sostener una mirada fija a los ojos con ella es un desafío demasiado grande para lograrse un lunes por la tarde, después de trabajar doce horas sin parar. Sus ojos son tan bellos y tranquilos, pero su mirada continua llega a sentirse a veces como ver un cuadro del tipo siniestro que, por más que lo ignores, te sigue a donde te muevas en la habitación. Ella es linda, pero muy extraña. Llega a ser desaliñada; viste camisas holgadas para su delgada complexión, la mayoría con una pinta de usarse para dormir; tejanos recortados (al parecer a mano) que usa como pantalones cortos; botines militares; un cabello negro a la altura de la barbilla, con un aspecto reseco, aunque lo lacio de su cabello hace que, por lo menos, no esté repartido de manera despeinada por todos lados. Ella no lleva maquillaje, ni un bolso femenino, solo un par de audífonos que le hacen tararear y de cuando en cuando, mostrar un ritmo con la cadera y cintura bastante curioso, a medida que empuja su carrito por los pasillos del súper. Ella me atrae de una manera fuerte y real; posee una belleza autentica; es pues, una mujer horrorosamente natural.

He olvidado cómo es eso de conocer a una persona nueva, cómo regresar un saludo. Hasta el momento, me he limitado a verla tomar las cosas que compra, de vez en cuando escucharle hablar, cuando pide algún embutido o una pieza de queso en las carnes frías; pero vaya que no, tampoco es que el supermercado se vaya a convertir de pronto en una fiesta playera. No podría llegar con ella y ofrecerle una cuba o una de las cervezas colgando del plástico amarrado al cinturón de mi bermuda. Siendo francos, no me sería nada agradable que alguien intentase mantener una charla conmigo en los pasillos del súper, y es que casi todos vienen con ropa cómoda como ella: porque no es una presentación de poesía de algún conocido; con apuro como yo, alguien en casa está esperando un manojo de cilantro (resulta ser mi madre); con algo de vergüenza como ella, porque de pronto, consiguen ver en el carrito dos botes —de los grandes— de nieve napolitana; y con cansancio como todos, porque mierda, es lunes. No siento prudente hablar con ella aquí, pero, ¿entonces dónde? A mi exesposa la conocí en una fiesta en la playa y mira donde terminé.

¡Sí!, era entonces joven, con buen trabajo y mucho carisma. Pasó el tiempo, me costó un año después de la separación realizar en mi cabeza que odio mi rutina laboral; que tengo miedo de hablar sobre el tratamiento de Citalopram que, a día de hoy, terminé hace dos semanas. Y si no fuera suficiente, me encuentro justo detrás de una mujer (al parecer un poco menor de mi edad), viendo sus piernas alargadas y de aspecto fuerte, preguntándome si éstas son suficientes para que, en algún encuentro lleno de lujuria, termine con el miembro doblado por la mitad.

No tengo intención de molestarla en sus compras, mucho menos siendo ella, pues parece disfrutar de su visita al supermercado. Creo haber aprendido del pasado, pues siempre hubo problemas en esto. Me pregunto cuántas veces me inmiscuí de manera forzada a la vida de alguna mujer que se le notaba tranquila y plena sin conciencia de mi existencia. Y es que te engañas a ti mismo; dices tener una buena razón, te haces creer que ella te ha devuelto la luz en tu vida. Te armas de valor, lo más probable es ir un poco ebrio, y de poco a poco, le intentas explicar esos sentimientos que dices tener muy dentro del corazón, aunque lo único que dejas ver a esa persona, es tu capacidad para mentirte a ti mismo.

Le dices algo como: “Hay una extraña conexión que siento solo contigo. Eres alguien especial, tú no eres como el resto” o alguna pendejada parecida. Mientras tanto, las mujeres dejan de escuchar toda esa mierda, solo se concentran en evaluarte, te siguen el juego, no hablan mucho; sueltan el repertorio ‘estándar’, aguardan en la oscuridad del bar al que las invitaste.

Esperan a que alardees sobre tu dinero o sobre tu pene. En la mesa hay cualquier tipo de botana que terminara con algunos picoteos sin muchas ganas, buena cerveza, buena propina. Entonces ahí tienes al hombre… ahí me tienes a mí, quemando los cartuchos en la cabeza para seguir moviendo la boca; luego de eso, la serpiente ya ha mudado a una piel más amistosa con los tragos, aceptará cualquier proposición. De hecho, hasta parece ser genuinamente amable. Luego se realiza el trueque en la cama, y la libertad del hombre muere, aquella que un día lejano lo hizo erróneamente soñar con alcanzar una bella mariposa en la vereda, reponer el alma y sentirse más liviano. Todo eso termina, y conoce los fríos barrotes al abrazar a un ser que obtuvo más de lo que habían acordado, donde a medida que las citas se aplazan, los regalos escasean y la rutina los alcanza, la cama rechina menos.

Así que no, preferiría quedarme tal como estoy, dejar de engañarme pensando que en verdad me enamoré de esa bella dama solo por la manera en la que se desplaza por el supermercado, arrastrando su bello culo, con su sonrisa de comercial, haciéndome creer que es para mí. Aun así, mi corazón late de un lado para el otro, sube y baja el ritmo, ya no sé cómo contener mi emoción con la evidente sonrisa coqueta que me lanza cerca del área de pescadería; sé muy bien que, si por un solo segundo le pregunto algo al corazón, terminaré de nuevo estancado en aquella cama o en una parecida a esa, con ese horrible silencio, con un olor a mi saliva reseca y los suspiros de aquella bolsa de hielo que tuve por esposa. Decirle pesada y fría ya no bastaba, y aunque tuviera una cara de putita complaciente, no pude hacer nada al respecto. Hacía solo falta ver ésta ‘refinada’ dama que, tal como una niña caprichosa y sin vergüenza, les pica los ojos a las tilapias. También se pone a jugar con las patas de pollo una vez las tiene cerca. ¡Ay de mí! ¿Qué sería de mí en manos de aquella niña?

—¿De verdad me vas a seguir ignorando? —dice ella, mientras se detiene justo enfrente de mí, abriéndome espacio para poner mi carrito para el mandado a su lado— Pareces muy amable, no sé porque lo haces…

—Pensé que no querías hablar conmigo. ¿Cuál es tu nombre? —Le suelto de manera fluida y confiada, sin fijarme que su pie izquierdo se encuentra en la trayectoria de mi carrito. Le he arroyado con una llantita el pie izquierdo.

Ups…
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Veo que hay algo de movimiento. Me alegra.
Voy a pasearme por ahí. Un saludo!
<Tres
 
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